La fuente estaba un poco retirada; pues la calle se abría, en ese punto, en un espacio de unas diez o doce varas cuadradas.
Cuando el hombre alto se levantó de repente del suelo y se acercó corriendo al carruaje, el señor marqués llevó la mano por un instante a la empuñadura de su espada.
“¡Muerto!” —gritó el hombre con salvaje desesperación, extendiendo ambos brazos a lo largo por encima de su cabeza y clavando en él la mirada—. “¡Muerto!”
La gente se cerró en círculo y miró al señor marqués. > No se revelaba en los muchos ojos que lo miraban otra cosa que vigilancia y avidez; no había ninguna amenaza ni cólera visibles. Tampoco dijo nada la gente; después del primer grito, habían guardado silencio y así continuaban. La voz del hombre sumiso que había hablado era plana y sosa en su extrema sumisión. El señor marqués paseó la mirada por todos ellos, como