“La habitación iba oscureciéndose ante su vista; el mundo se estrechaba a su alrededor. Miré a mi alrededor y vi que el heno y la paja estaban pisoteados por el suelo, como si hubiera habido una pelea.
“—Ella me oyó y entró corriendo. Le dije que no se acercara a nosotros hasta que él estuviera muerto. Él entró y primero me arrojó unas monedas; luego me tiró un latigazo. Pero yo, aunque perro común, le devolví el golpe de tal forma que lo obligué a desenvainar. ¡Que se rompa en mil pedazos la espada que manchó con mi sangre común!; la desenvainó para defenderse, y me tiró estocadas con toda su maña para salvar la vida”.
“Mi mirada había recaído, hacía apenas unos momentos, sobre los fragmentos de una espada rota, tirados entre el heno. Esa arma era de un caballero. En otro lugar yacía una vieja espada que parecía haber sido de un soldado.
—«Ahora, levánteme, doctor; levánteme. ¿Dónde está él?»
—«No está aquí», dije, sosteniendo al muchacho, y