“Ella agonizó durante una semana. Hacia el final, pude comprender algunas pocas sílabas que me dijo, acercando mi oído a sus labios. Me preguntó dónde estaba, y se lo dije; quién era yo, y se lo se lo dije. Fue en vano que le preguntara su apellido. Movió levemente la cabeza sobre la almohada y guardó su secreto, tal como lo había hecho el muchacho.
“No tuve oportunidad de hacerle ninguna pregunta hasta que les hube dicho a los hermanos que se estaba apagando rápidamente y no podía vivir otro día. Hasta entonces, aunque nadie más que la mujer y yo se había presentado ante su consciencia, uno u otro de ellos se habíase sentado siempre con celos tras la cortina a la cabecera de la cama cuando yo estaba allí. Pero al llegar a eso, parecieron despreocuparse de qué comunicación pudiera yo mantener con ella; como si —el pensamiento cruzó por mi mente— yo también me estuviera muriendo.
“Siempre observé que su orgullo resentía amargamente el que el hermano menor (como lo llamo) se hubiera cruzado en duelo con un campesino, y ese campesino un muchacho.
La única consideración que parecía afectar la mente de cualquiera de los dos era la de que esto era sumamente degradante para la familia, y ridículo.
Cada vez que atrapaba la mirada del hermano menor, su expresión me recordaba que me aborrecía profundamente por saber lo que sabía por el muchacho. Era más afable y educado conmigo que el mayor; pero yo veía esto.
También veía que yo era un estorbo en la mente del mayor también.
“Mi paciente murió dos horas antes de la medianoche —a una hora, según mi reloj, que correspondía casi al minuto en que la había visto por primera vez. Estaba a solas con ella cuando su desolada cabeza de joven cayó suavemente hacia un lado, y terminaron todas sus injusticias y dolores terrenales.