Su resolución estaba tomada. Tenía que ir a París.
Sí. La Roca Imán lo estaba atrayendo, y debía seguir navegando hasta estrellarse contra ella. Él no conocía ninguna roca; apenas veía peligro alguno. La intención con la que había hecho lo que había hecho, aun cuando lo hubiera dejado incompleto, se le presentaba bajo un aspecto que sería reconocido con gratitud en Francia al presentarse él para reivindicarlo. Luego, aquella gloriosa visión de hacer el bien, que tan a menudo es el espejismo optimista de tantas buenas mentes, se alzó ante él, y llegó a