Cincuenta y dos
En la negra prisión de la Conciergerie, los condenados del día esperaban su destino. Eran tantos como las semanas del año. Cincuenta y dos debían rodar esa tarde sobre la marea viva de la ciudad hacia el mar infinito y eterno.
Antes de que sus celdas quedaran libres de ellos, se asignaban nuevos ocupantes; antes de que su sangre se mezclara con la derramada ayer, la sangre que habría de mezclarse con la suya mañana ya estaba reservada.
Cincuenta y dos fueron los elegidos. Desde el arrendatario general de setenta años, cuyas riquezas no pudieron comprar su vida, hasta la modista de veinte, cuya pobreza y oscuridad no pudieron salvarla.
Las enfermedades físicas, engendradas en los vicios y los abandonos de los hombres, se apoderan de víctimas de todas las jerarquías; y el espantoso desorden moral, nacido de un sufrimiento indescriptible, una opresión intolerable y una indiferencia desalmada, golpeaba por igual sin distinción.
Charles Darnay, solo en una celda, no se había alimentado de ninguna ilusión halagüeña desde que llegó a ella procedente del Tribunal. En cada línea del relato que había escuchado, había escuchado su condena. Había comprendido perfectamente que ninguna influencia personal podría salvarlo, que estaba virtualmente sentenciado por los millones, y que las unidades de nada podían servirle.
Sin embargo, no era fácil, con el rostro de su amada esposa muy presente ante él, calmar su ánimo para afrontar lo que debía soportar.