—Ahora bien, te aconsejo —prosiguió Stryver— que lo mires de frente. Yo lo he mirado de frente, a mi manera; míralo de frente, tú, a tu manera. Cásate. Consigue a alguien que cuide de ti. No importa que no disfrutes de la compañía de las mujeres, ni las entiendas, ni tengas mano para ellas. Busca a alguien. Busca a alguna mujer respetable con un pequeño patrimonio —alguien del género de las patronas o de las que alquilan habitaciones— y cásate con ella, para los días de vacas flacas. Eso es lo que te conviene. Ahora piénsalo, Sydney.
—Ya lo pensaré —dijo Sydney.