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nydus/A Tale of Two CitiesPublic
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VI. Hundreds of People

No tenía salida, y las ventanas delanteras de la vivienda del Doctor ofrecían una agradable y pequeña perspectiva de una calle que exhalaba un aire entrañable de retiro. Había pocos edificios entonces, al norte de Oxford-road, y los árboles del bosque florecían, y crecían flores silvestres, y florecía el espino blanco, en los campos hoy desaparecidos. Como consecuencia, los aires del campo circulaban por Soho con vigorosa libertad, en vez de languidecer en la parroquia como mendigos extraviados sin vecindad; y no faltaba algún que otro buen muro orientado al sur, no muy lejano, donde los melocotones maduraban a su tiempo.

La luz del verano penetraba en el rincón con brillantez durante las primeras horas del día; pero, cuando las calles se ponían ardientes, el rincón quedaba en sombra, aunque no en una sombra tan apartada como para que no se pudiera ver más allá, hacia un fulgor de claridad.

Era un lugar fresco, serio pero alegre, un sitio maravilloso para los ecos y un verdadero refugio frente a las calles furiosas.

Debería haber habido una barca tranquila en semejante fondeadero, y la había. El Doctor ocupaba dos pisos de una gran casa rígida, donde se suponía que se ejercían varios oficios durante el día, pero de los cuales apenas se oía nada en ninguna jornada, y que todos ellos evitaban por la noche. En un edificio de la parte trasera, al que se llegaba por un patio donde un plátano resecaba —o más bien mecía— sus hojas verdes, se aseguraba que se fabricaban órganos de iglesias, se cincelaba plata y asimismo se batía oro por obra de algún gigante misterioso que tenía un brazo dorado que sobresalía de la pared del vestíbulo delantero, como si se hubiera batido a sí mismo hasta volverse precioso, y amenazara con una conversión similar a todos los visitantes.

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