semejante mundo en torno suyo y por delante, amaban y tenían esperanza.
Casi amanecía, cuando la tienda de vinos de Defarge despidió a su último grupo de parroquianos, y el señor Defarge dijo a madame, su esposa, con voz ronca, mientras cerraba la puerta con cerrojo:
“¡Por fin ha llegado, querida mía!”
—¡Pues bien! —respondió madame—. Casi.
San Antonio dormía, los Defarge dormían: hasta la Vengadora dormía con su hambriento tendero, y el tambor descansaba.
La del tambor era la única voz en San Antonio que la sangre y las prisas no habían cambiado. La Vengadora, como custodia del tambor, habría podido despertarlo y arrancarle las mismas palabras de antes de que cayera la Bastilla o de que capturaran al viejo Foulon; no ocurría lo mismo con los tonos roncos de los hombres y mujeres en el seno de San Antonio.