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nydus/A Tale of Two CitiesPublic
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XXII. El mar sigue subiendo

semejante mundo en torno suyo y por delante, amaban y tenían esperanza.

Casi amanecía, cuando la tienda de vinos de Defarge despidió a su último grupo de parroquianos, y el señor Defarge dijo a madame, su esposa, con voz ronca, mientras cerraba la puerta con cerrojo:

“¡Por fin ha llegado, querida mía!”

—¡Pues bien! —respondió madame—. Casi.

San Antonio dormía, los Defarge dormían: hasta la Vengadora dormía con su hambriento tendero, y el tambor descansaba.

La del tambor era la única voz en San Antonio que la sangre y las prisas no habían cambiado. La Vengadora, como custodia del tambor, habría podido despertarlo y arrancarle las mismas palabras de antes de que cayera la Bastilla o de que capturaran al viejo Foulon; no ocurría lo mismo con los tonos roncos de los hombres y mujeres en el seno de San Antonio.

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