Padre e hijo, sumamente parecidos, contemplando en silencio el tráfico matutino en Fleet Street, con sus dos cabezas tan juntas como lo estaban los dos ojos de cada uno, guardaban un considerable parecido con una pareja de monos. El parecido no disminuía debido a la circunstancia fortuita de que el Jerry maduro mordisqueaba y escupía paja, mientras los ojos relampagueantes del joven Jerry estaban tan inquietamente atentos a él como a todo lo demás en Fleet Street.
La cabeza de uno de los mensajeros habituales de interior adscritos al establecimiento de Tellson asomó por la puerta y se dio la orden:
¡Se busca maletero!
—¡Hurra, padre! ¡He aquí un trabajo tempranero para empezar!
Habiendo despedido de este modo a su progenitor, el joven Jerry se sentó en el taburete, tomó posesión de su derecho sucesorio sobre la paja que su padre había estado mascando, y se puso a meditar.
—¡Siempre oxidados! ¡Sus dedos están siempre oxidados! —murmuraba el joven Jerry—. ¿De dónde saca tanto óxido de hierro mi padre? ¡Aquí no consigue ningún óxido de hierro!