Cinco años después
El Banco de Tellson, junto a Temple Bar, era un establecimiento anticuado, incluso en el año de mil setecientos ochenta. Era muy pequeño, muy oscuro, muy feo, muy incómodo. Era un lugar anticuado, además, en el aspecto moral de que los socios de la Casa estaban orgullosos de su pequeñez, orgullosos de su oscuridad, orgullosos de su fealdad, orgullosos de su incomodidad.
Incluso hacían gala de su eminencia en tales aspectos, animados por la firme convicción de que, de ser menos objetable, sería menos respetable. No se trataba de una creencia pasiva, sino de un arma activa que blandían frente a locales comerciales más modernos.
El de Tellson (decían) no necesitaba espacio, el de Tellson no necesitaba luz, el de Tellson no necesitaba adornos. El de Noakes y Cía., o el de los hermanos Snooks, tal vez; ¡pero el de Tellson, gracias al cielo—!
Cualquiera de estos socios habría desheredado a su hijo por la cuestión de reconstruir Tellson. A este respecto, la Casa estaba muy a la par con el País; el cual muy a menudo desheredaba a sus hijos por sugerir mejoras en leyes y costumbres que desde hacía tiempo eran sumamente objetables, pero que por lo mismo eran más respetables.
Así había llegado a ser que Tellson’s era la perfección triunfante de la incomodidad. Tras abrir de un empujón una puerta de idiota obstinación con un débil estertor en la garganta, uno caía en Tellson’s bajando dos escalones, y