Siguiendo con el tejido
Madame Defarge y su marido regresaron amigablemente al seno de San Antonio, mientras una mota con gorro azul se esforzaba en la oscuridad, entre el polvo, a lo largo de las fatigosas millas de la avenida junto al camino, dirigiéndose lentamente hacia aquel punto cardinal donde el castillo del señor marqués, ya en su tumba, escuchaba los árboles que susurraban.
Tan amplio era el ocio de los rostros de piedra, ahora, para escuchar a los árboles y a la fuente, que los pocos espantapájaros de la aldea que, en su búsqueda de hierbas para comer y fragmentos de palos secos para quemar, se extraviaban a la vista del gran patio de piedra y de la escalinata de la terraza, comprendieron en su hambrienta imaginación que la expresión de los rostros había cambiado. Un rumor apenas vivía en la aldea —tenía una existencia débil y escasa allí, como la tenía su gente— de que, cuando el cuchillo asestaba el golpe, los rostros cambiaban, de rostros de orgullo a rostros de ira y dolor; asimismo, que cuando aquella figura suspendida era izada cuarenta pies por encima de la fuente, volvían a cambiar, y adoptaban un cruel aspecto de venganza, que conservarían de ahí en adelante para siempre.
En la faz de piedra sobre el gran ventanal de la alcoba donde se cometió el asesinato, se señalaban dos pequeños abollones en la nariz esculpida, que todo el mundo reconocía y que nadie había visto antiguamente; y en las escasas ocasiones en que dos o tres campesinos desharrapados emergían de la multitud para echar un vistazo apresurado al monseñor el Marqués petrificado, un dedo flaco no alcanzaba a señalarlo durante un minuto, antes de que todos huyeran espantados entre el musgo y las hojas, como las más afortunadas liebres que podían encontrar allí su sustento.