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nydus/A Tale of Two CitiesPublic
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XII. El caballero delicado

aún perduraba en él. Cualquiera que lo hubiera visto proyectándose hacia Soho mientras aún estaba en el lado de Saint Dunstan de Temple Bar, irrumpiendo a su manera pletórica por la acera, con atropello de toda la gente más débil, habría podido ver cuán seguro y fuerte era.

Llevándole su camino a pasar por delante del banco de Tellson, y dado que él mismo tenía su cuenta en Tellson y conocía al señor Lorry como amigo íntimo de los Manette, se le pasó al señor Stryver por la cabeza entrar en el banco y revelarle al señor Lorry la luminosidad del horizonte de Soho.

Así pues, empujó la puerta de débil estertor en la garganta, tropezó al bajar los dos escalones, rebasó a los dos cajeros ancianos y se abrió paso a empujones hasta el mohoso cuartito del fondo donde el señor Lorry se sentaba ante grandes libros rayados para cifras, con barrotes de hierro perpendiculares en su ventana como si esta también estuviera rayada para cifras, y todo bajo las nubes fuera una suma.

—¡Hola! —dijo el señor Stryver—. ¿Cómo le va? ¡Espero que esté bien!

Era la gran peculiaridad de Stryver que siempre parecía demasiado grande para cualquier lugar o espacio.

Era tan excesivamente grande para Tellson que los viejos dependientes en rincones lejanos levantaban la vista con miradas de repulsa, como si los estrujara contra la pared.

La Firma en persona, que leía magníficamente el periódico desde la lejana perspectiva, fruncía el ceño con desagrado, como si la cabeza de Stryver le hubiera dado un cabezazo en su respetable chaleco.

El discreto señor Lorry dijo, con el tono de muestra de la voz que recomendaría bajo las circunstancias: «¿Cómo le va, señor Stryver?, ¿cómo le va, caballero?», y le estrechó la mano.

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