Pasos que resuenan
Un rincón maravilloso para los ecos, se ha comentado, aquel rincón donde vivía el Doctor.
Siempre ocupada en devanar el hilo de oro que unía a su esposo, a su padre, a sí misma y a su antigua directora y compañera en una vida de tranquila dicha, Lucie se sentaba en la casa silenciosa, en el rincón de tranquila resonancia, escuchando los pasos resonantes de los años.
Al principio, había momentos, a pesar de ser una joven esposa perfectamente feliz, en que su labor se le caía lentamente de las manos y se le nublaban los ojos. Pues había algo que llegaba en los ecos, algo leve, lejano y apenas audible aún, que agitaba su corazón con demasiada intensidad. Esperanzas y dudas revoltosas —esperanzas de un amor aún desconocido para ella; dudas de que pudiera permanecer sobre la tierra para disfrutar de ese nuevo deleite— dividían su pecho. Entre los ecos surgía entonces el sonido de unos pasos junto a su propia tumba temprana; y los pensamientos en el esposo que quedaría tan desolado, y que tanto la lloraría, se le anegaban en los ojos y rompían como olas.
Aquel tiempo pasó, y su pequeña Lucie yacía sobre su pecho. Luego, entre los ecos que avanzaban, se sintió el paso de sus pisecitos y el sonido de sus palabras balbuceantes. Resonasen los ecos mayores como quisiesen, la joven madre junto a la cuna siempre podía oír aquellos que se acercaban. Llegaron, y la umbría casa se llenó de sol con la risa de una niña, y el Amigo divino de los niños, a quien en su tribulación había confiado a la