Al poco rato, el banquillo de los acusados se convirtió en el punto central de interés. Dos alguaciles que habían estado allí salieron, y el prisionero fue conducido al estrado.
Todos los presentes, excepto el único caballero pelucudo que miraba al techo, lo quedaron mirando fijamente. Todo el aliento humano del lugar rodó hacia él como un mar, como un viento o como un fuego. Rostros ansiosos se asomaban esforzándose alrededor de las columnas y esquinas para alcanzar a verlo; los espectadores de las últimas filas se ponían de pie para no perderse ni un pelo de él; la gente en la planta baja del tribunal ponía las manos sobre los hombros de los que estaban delante para ayudarse, a costa de quien fuera, a tener una vista de él; se ponían de puntillas, se trepaban a las cornisas, se mantenían casi sobre la nada para ver cada centímetro de su persona. Destacándose entre estos últimos, como un trozo animado de la pared con pinchos de Newgate, estaba Jerry: apuntando al prisionero el aliento a cerveza de un trago que se había tomado al venir, y exhalándolo para que se mezclara con las olas de otra cerveza, y ginebra, y té, y café, y qué sé yo qué más, que fluían hacia él y ya rompían contra los grandes ventanales a su espalda en una neblina y lluvia impuras.
El objeto de tantas miradas y algarabía era un joven de unos veinticinco años, de buena estatura y buen parecer, con la mejilla bronceada por el sol y la mirada oscura.
Su condición era la de un joven caballero. Vestía sobriamente de negro o de gris muy oscuro, y su cabello, largo y oscuro, iba recogido con una cinta en la nuca; más por estorbarle menos que por adorno.
Del mismo modo que una emoción del espíritu se manifiesta a través de cualquier cobertura del cuerpo, la palidez que su situación engendraba se traslucía a través del bronceado de su mejilla, demostrando que el alma era más fuerte que el sol. Por lo demás, mostraba plena compostura; hizo una reverencia al juez y se quedó quieto.