Tanto el señor Lorry como Defarge mostraban cierta reticencia ante este plan, y eran partidarios de que uno de ellos se quedara. Pero, como no solo había que ocuparse del carruaje y los caballos, sino también de los papeles de viaje; y como el tiempo apremiaba, pues el día tocaba a su fin, al final se decidieron a dividirse apresuradamente las gestiones que era necesario realizar y se fueron a toda prisa a cumplirlas.
Luego, a medida que la oscuridad se cerraba a su alrededor, la hija apoyó la cabeza en el duro suelo, muy cerca del lado de su padre, y lo vigiló.
La oscuridad se hizo cada vez más profunda, y ambos permanecieron quietos, hasta que una luz brilló a través de las rendijas de la pared.
Mr. Lorry y el señor Defarge lo tenían todo listo para el viaje y habían llevado consigo, además de capas y abrigos de viaje, pan y carne, vino y café caliente. El señor Defarge colocó estas provisiones, y el quinqué que llevaba, sobre el banco del zapatero (no había nada más en el desván aparte de un jergón), y él y Mr. Lorry despertaron al cautivo y lo ayudaron a ponerse en pie.
Ninguna inteligencia humana habría podido leer los misterios de su mente, en el asombro aterrorizado y en blanco de su rostro.
Si sabía lo que había sucedido, si recordaba lo que le habían dicho, si sabía que era libre, eran preguntas que ninguna sagacidad habría podido resolver.
Intentaron hablarle; pero estaba tan confundido, y era tan lento para responder, que se asustaron ante su desconcierto y acordaron por el momento no hostigarlo más.
Tenía una manera salvaje y perdida de llevarse a veces las manos a la cabeza, algo que no se le había visto antes; sin embargo, sentía cierto placer con el mero sonido de la voz de su hija, y se volvía invariablemente hacia ella cuando hablaba.