Porque te lo digo —aquí se dirigió a su esposa una vez más—, no voy a marcharme otra vez de este modo. Estoy más cascado que un coche de alquiler, tengo más sueño que el láudano, mis tendones están tan estirados que, si no fuera por el dolor que me dan, no sabría cuáles son los míos y cuáles los de otra persona, y sin embargo no me va mejor en el bolsillo; y sospecho que has estado dale que te pego desde la mañana hasta la noche para evitar que me vaya mejor en el bolsillo, y no voy a aguantarlo, Aggerawayter, ¡y qué tienes que decir a eso ahora!
Gruñendo además frases como: «¡Ah! ¡Sí! Tú también eres religiosa. No te pondrías en contra de los intereses de tu marido y de tu hijo, ¿verdad? ¡Tú no!», y despidiendo otras chispas sarcásticas de la muela giratoria de su indignación, el señor Cruncher se dedicó a lustrar botas y a sus preparativos generales para el trabajo. Entre tanto, su hijo —cuya cabeza estaba