cielo. —Debe de tener cuarenta pies de altura —decían con sombría expresión—; y no se
El jinete del castillo, y el caballo envuelto en espuma, atravesaron el pueblo al trote ruidoso y galoparon por la empinada cuesta pedregosa hacia la prisión en el peñasco.
A la puerta, un grupo de oficiales contemplaba el fuego; apartados de ellos, un grupo de soldados.
“¡Socorro, señores, oficiales! ¡El castillo está en llamas; se pueden salvar objetos de valor de las llamas con una ayuda oportuna! ¡Socorro, socorro!”
Los oficiales miraron hacia los soldados, que miraban el fuego; no dieron órdenes; y respondieron, encogiéndose de hombros y mordiéndose los labios: “Debe arder”.
Mientras el jinete descendía de nuevo la colina a trote cochinero y atravesaba la calle, el pueblo se iba iluminando. El reparador de caminos y los doscientos cincuenta amigos íntimos, inspirados como un solo hombre y una sola mujer por la idea de encender luces, se habían metido raudos en sus casas y estaban poniendo velas en cada triste cristalito.
La escasez general de todo hizo que se le pidieran prestadas velas de manera bastante imperativa al señor Gabelle; y ante un momento de reticencia y vacilación por parte de dicho funcionario, el reparador de caminos, antes tan sumiso a la autoridad, había comentado que los carruajes servían muy bien para hacer hogueras y que los caballos de posta se asarían estupendamente.
El castillo se quedó solo para llamear y arder. En el rugido y la furia de la conflagración, un viento al rojo vivo, que soplaba directamente de las regiones infernales, parecía estar desvaneciendo el edificio. Con el