permanecía sentado y reclinado, con la toga desgarrada a medio quitar, la peluca desaliñada puesta tal y como había ido a parar a su cabeza tras quitársela, las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el techo como lo habían estado todo el día. Había algo especialmente temerario en su comportamiento que no solo le daba un aspecto desacreditado, sino que atenuaba tanto el gran parecido que sin duda guardaba con el preso (el cual su momento de fervor, al ser comparados, había intensificado), que muchos de los espectadores, al fijarse en él ahora, se comentaban unos a otros que difícilmente habrían pensado que ambos se parecían tanto. El señor Cruncher le hizo la observación a su vecino de aliento y añadió: —Me jugaría media guinea a que no consigue ningún trabajo de abogacía. No tiene pinta de ser de los que lo consiguen, ¿verdad?
Sin embargo, este señor Carton asimilaba más detalles de la escena de los que aparentaba; pues ahora, cuando la cabeza de la señorita Manette recayó sobre el pecho de su padre, fue el primero en notarlo y en decir en voz alta:
«¡Oficial! Atienda a esa joven. Ayude al caballero a sacarla. ¿No ve que se va a caer!»
Hubo mucha conmiseración por ella al ser retirada, y mucha simpatía hacia su padre. Era evidente que le había causado un gran sufrimiento que le recordaran los días de su encarcelamiento.
Había mostrado una intensa agitación interna cuando fue interrogado, y esa mirada reflexiva o ensimismada que lo envejecía se había cernido sobre él, como un denso nubarrón, desde entonces.
Al salir, el jurado, que se había vuelto y se detuvo un momento, habló por medio de su presidente.