Aparte de que todos los hombres secretos son hombres que se atemorizan pronto, aquí había sin duda suficientes cartas de un solo palo negro como para justificar que al poseedor se le pusiera el rostro bastante lívido mientras las iba hojeando.
—Apenas parece gustarle su juego —dijo Sydney con la mayor compostura—. ¿Juega usted?
—Creo, señor —dijo el espía, de la manera más mezquina, al volverse hacia el señor Lorry—, que puedo apelar a un caballero de su edad y benevolencia para plantearle a este otro caballero, tan inferior a usted en años, si puede bajo alguna circunstancia conciliar con su posición jugar ese As del que ha hablado. Admito que soy un espía y que se considera una posición desacreditada —aunque alguien debe ocuparla—, pero este caballero no es ningún espía, ¿y por qué habría de abajarse a sí mismo hasta actuar como tal?
—Juego mi As, señor Barsad —dijo Carton, respondiendo por él y mirando su reloj—, sin escrúpulo alguno, en muy pocos minutos.
—Habría esperado, caballeros ambos —dijo el espía, esforzándose siempre por arrastrar al señor Lorry a la discusión—, que su respeto por mi hermana...
—No podría demostrarle mejor mi respeto a su hermana que librándola por fin de su hermano —dijo Sydney Carton.
¿No le parece, señor?
“Lo he pensado muy bien y estoy totalmente decidido”.
El aire afable del espía, curiosamente en discordancia con su ropa ostentosamente burda, y probablemente con su conducta habitual, recibió tal freno por parte de la impenetrabilidad de Carton —quien era