—No importa el número —dijo Defarge—. Está bien escondido, pero al fin, por desgracia, ha sido encontrado. ¡Continúa!
“Vuelvo a estar trabajando en la ladera y el sol vuelve a estar a punto de acostarse. Estoy recogiendo mis herramientas para bajar a mi cabaña en el pueblo de más abajo, donde ya está oscuro, cuando levanto los ojos y veo venir por la colina a seis soldados. ¡En medio de ellos hay un hombre alto con los brazos atados —sujetos a los costados—, así!”
Con la ayuda de su indispensable gorra, representaba a un hombre con los codos atados firmemente a las caderas, con cuerdas anudadas a su espalda.
—Me aparto, señores, junto a mi montón de piedras, para ver pasar a los soldados y a su prisionero (pues es un camino solitario aquel donde cualquier espectáculo vale la pena de ser visto), y al principio, a medida que se acercan, no veo más que a seis soldados con un hombre alto atado, y que a mi vista son casi negros, excepto por el lado del sol que se acuesta, donde tienen un borde rojo, señores. Asimismo, veo que sus largas sombras están en la cresta hueca del lado opuesto del camino, y están en la colina de arriba, y son como las sombras de gigantes. Asimismo, veo que están cubiertos de polvo, y que el polvo se mueve con ellos a medida que vienen, ¡marcha, marcha! Pero cuando avanzan muy cerca de mí, reconozco al hombre alto, y él me reconoce. ¡Ah, bien contento estaría él de despeñarse ladera abajo una vez más, como en la tarde en que él y yo nos encontramos por primera vez, cerca del mismo lugar!
Lo describió como si estuviera allí, y era evidente que lo veía con vividura; tal vez no había visto mucho en su vida.
“No les muestro a los soldados que reconozco al hombre alto; él no les muestra a los soldados que me reconoce; lo hacemos, y lo sabemos, con la mirada.