Knitting
Se había bebido más temprano que de costumbre en la taberna del señor Defarge.
Ya a las seis de la mañana, rostros cetrinos que atisbaban a través de sus ventanas con rejas habían descubierto otros rostros en el interior, inclinados sobre medidas de vino.
El señor Defarge vendía un vino muy aguado en el mejor de los casos, pero parecía ser un vino inusualmente aguado el que vendía en esta ocasión. Un vino agrio, además, o que se estaba agriando, pues su influencia en el estado de ánimo de quienes lo bebían era volverlos sombríos.
Ninguna llama báquica y vivaz brotaba de la uva exprimida del señor Defarge: en cambio, un fuego latente que ardía en la oscuridad yacía oculto en los sedimentos de esta.
Había sido aquella la tercera mañana consecutiva en que se había bebido temprano en la taberna del señor Defarge. Había empezado el lunes, y ya había llegado el miércoles. Había habido más cavilación temprana que bebida; pues muchos hombres habían escuchado, susurrado y merodeado por allí desde la hora de apertura de la puerta, los cuales no habrían podido poner una moneda sobre el mostrador ni para salvar sus almas. Sin embargo, estos estaban tan interesados en el lugar como si hubieran podido disponer de barriles enteros de vino; y se deslizaban de asiento en