vez decidido, si le tiraban la puerta abajo (era un hombre bajito y de temperamento vengativo de las regiones del Sur), a arrojarse de cabeza por el parapetó y aplastar a un par de hombres allá abajo.
Probablemente, el señor Gabelle pasó una larga noche allá arriba, con el lejano château como fuego y candela, y los golpes en su puerta, combinados con el repique de campanas de alegría, como música; por no mencionar que tenía una lámpara de mal agüero colgada a través del camino frente a la puerta de su casa de postas, que el pueblo mostraba una viva inclinación a descolgar en su favor.
¡Una prueba llena de zozobra, pasar toda una noche de verano al borde del océano negro, dispuesto a dar ese salto en él que el señor Gabelle había decidido!
Pero, al aparecer por fin el amigable alba y consumirse las velas de junquillo del pueblo, la gente se dispersó felizmente, y el señor Gabelle bajó conservando la vida por aquella vez.
A menos de cien millas de distancia, y a la luz de otras hogueras, había otros funcionarios menos afortunados, aquella noche y otras noches, a quienes el sol naciente encontraba colgados a lo largo de calles antaño apacibles, donde habían nacido y crecido; asimismo, había otros aldeanos y habitantes de pueblos menos afortunados que el reparador de caminos y sus compañeros, contra quienes los funcionarios y la soldadesca se volvieron con éxito, y a quienes colgaron a su vez.
Pero, fuere como fuere, aquellas feroces figuras avanzaban constantemente hacia el Este, el Oeste, el Norte y el Sur; y colgase quien colgase, el fuego ardía. La altura de la horca que se convertiría en agua y lo apagaría, ningún funcionario, por muchos malabarismos matemáticos que hiciera, fue capaz de calcularla con éxito.