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nydus/A Tale of Two CitiesPublic
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XVI. Aún tejiendo

cuando miraba de reojo la flor, lo hacía sin quebrantar su habitual aire abstraído. Había unos cuantos clientes, bebiendo o sin beber, de pie o sentados, dispersos por el lugar. El día era muy caluroso, y montones de moscas, que extendían sus inquisitivas y aventureras pesquisas por todos los vasitos pegajosos cerca de madame, caían muertas al fondo. Su deceso no causaba impresión alguna en las demás moscas que andaban de paseo, las cuales las miraban de la manera más displicente (como si ellas mismas fueran elefantes, o algo tan distante), hasta que corrían la misma suerte. ¡Es curioso pensar cuán despreocupadas son las moscas!⁠—tal vez pensaran lo mismo en la Corte aquel soleado día de verano.

Una figura que entraba por la puerta proyectó sobre Madame Defarge una sombra que ella sintió como nueva. Dejó su labor de punto y comenzó a fijar su rosa en el tocado antes de mirar a la figura.

Era curioso. En el momento en que Madame Defarge cogió la rosa, los clientes dejaron de hablar y empezaron a marcharse gradualmente de la taberna.

—Buenos días, madame —dijo el recién llegado.

—Buen día, monsieur.

Ella lo dijo en voz alta, pero añadió para sí misma, mientras reanudaba su labor de punto:

«¡Ja! ¡Buenos días, edad unos cuarenta años, estatura más o menos de cinco pies y nueve pulgadas, cabello negro, rostro en general bastante apuesto, tez morena, ojos oscuros, rostro flaco, largo y cetrino, nariz aguileña pero no recta, con una inclinación peculiar hacia la mejilla izquierda que le confiere una expresión siniestra! ¡Buenos días, a todos y a cada uno!»

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