Los dulces aromas de la noche de verano ascendían a su alrededor, y ascendían, como cae la lluvia, imparcialmente, sobre el grupo polvoriento, harapiento y fatigado junto a la fuente no muy lejos de allí; ante quienes el reparador de caminos, con la ayuda de la gorra azul sin la cual no era nada, seguía explayándose sobre su hombre como un espectro, mientras pudieron soportarlo.
Poco a poco, al no poder soportar más, se fueron dispersando uno a uno, y las luces titilaban en las pequeñas ventanas; las cuales luces, a medida que las ventanas se oscurecían y salían más estrellas, parecían haberse disparado hacia el cielo en vez de haberse apagado.
La sombra de una casa grande y de tejado alto, y de muchos árboles de ramas colgantes, cubría ya al señor marqués; y la sombra se trocó por la luz de una antorcha, cuando su carroza se detuvo y se abrió para él la gran puerta de su castillo.
“¿Monsieur Charles, a quien aguardo; ha llegado de Inglaterra?”
“Monseñeur, aún no”.