La Venganza y el jacques Tres compitieron entre sí en sus fervorosas protestas de que ella era la más admirable y maravillosa de las testigos. El pequeño ciudadano, para no quedarse atrás, la declaró testigo celestial.
“Debe correr su suerte —dijo Madame Defarge—. ¡No, no puedo perdonarlo! Tienes un compromiso a las tres; vas a ver la ejecución del grupo de hoy. ¿Tú?”
La pregunta iba dirigida al serrador, que apresuradamente respondió afirmativamente; aprovechando la ocasión para añadir que él era el más ardiente de los republicanos, y que en efecto se sentiría el más desolado de los republicanos si algo le impidiera disfrutar del placer de fumar su pipa vespertina contemplando al gracioso barbero nacional. Mostró tanto entusiasmo en esto que cabía sospechar (y tal vez lo hacían los oscuros ojos que lo miraban con desprecio desde la cabeza de Madame Defarge) que albergaba pequeños temores individuales por su propia seguridad personal a cada hora del día.
—Yo —dijo madame—, estoy igualmente ocupada en el mismo sitio. Terminado aquello —digamos a las ocho de esta noche—, ven a verme a San Antonio, y denunciaremos a esta gente en mi Sección.
El cortador de leña dijo que estaría orgulloso y honrado de atender a la ciudadana. Al mirarle la ciudadana, él se sintió confundido, esquivó su mirada como lo habría hecho un perro pequeño, se retiró entre su leña y ocultó su desconcierto tras el mango de su sierra.
Madame Defarge hizo señas al Jurado y a La Venganza para que se acercaran un poco más a la puerta, y allí les expuso sus ulteriores puntos de vista de este modo:
“Ella estará ahora en su casa, aguardando el momento de su muerte. Estará de duelo y sufriendo. Estará en un estado de ánimo propicio para impugnar la justicia de la República. Estará llena de simpatía hacia sus enemigos. Iré a verla”.