tantas veces que su rosca se desmoronaba, y ahora giraba y giraba sin nada que morder, Monseigneur comenzó a huir de un fenómeno tan bajo e inexplicable.
Pero este no era el cambio operado en la aldea, y en tantas otras aldeas semejantes. Durante decenas de años pasados, Monseigneur la había exprimido y retorcido, y rara vez la había honrado con su presencia, excepto para los placeres de la caza: ya fuera dedicada a cazar personas, ya fuera a cazar bestias, para cuya preservación Monseigneur creaba edificantes extensiones de desierto bárbaro y estéril. No. El cambio consistía en la aparición de rostros extraños de baja casta, más que en la desaparición de los rasgos cincelados, y por lo demás embellecidos y embellecedores, de la alta casta de Monseigneur.
Porque, en estos tiempos, mientras el reparador de caminos trabajaba, solitario, en el polvo, sin molestarse muy a menudo en reflexionar que polvo era y en polvo se había de convertir, estando la mayor parte del tiempo demasiado ocupado en pensar cuán poco tenía para cenar y cuánto más comería si lo tuviera—en estos tiempos, al levantar los ojos de su solitaria labor y contemplar el horizonte, solía ver alguna figura tosca que se acercaba a pie, algo que antaño era una rareza por aquellos lares, pero que ahora era una presencia frecuente. A medida que avanzaba, el reparador de caminos distinguía sin sorpresa que era un hombre de cabellos desgreñados, de aspecto casi bárbaro, alto, con unos zuecos de madera que resultaban toscos incluso a los ojos de un reparador de caminos, sombrío, rudo, atezado, empapado en el lodo y el polvo de muchas carreteras, húmedo por el rocío cenagoso de muchas tierras bajas, salpicado de las espinas, hojas y musgo de muchos senderos boscosos.
Semejante hombre le salió al encuentro, como un fantasma, a mediodía bajo el tiempo de julio, mientras él estaba sentado sobre su montón de piedras bajo un talud, resguardándose como podía de una granizada.