nuestro Señor como Ana Dominóes: aparentemente bajo la impresión de que la era cristiana databa de la invención de un juego popular, por una dama que le había dado su nombre.)
Los aposentos del señor Cruncher no estaban en un vecindario muy apacible, y constaban de solo dos habitaciones, si es que se podía considerar como tal a un cuartucho con un solo vidrio en la ventana. Pero se mantenían con mucha decencia.
Por temprano que fuera en aquella ventosa mañana de marzo, la habitación en la que yacía en cama ya estaba completamente fregada; y entre las tazas y los platillos dispuestos para el desayuno, y la pesada mesa de pino, se extendía un mantel muy limpio y blanco.
El señor Cruncher descansaba bajo una colcha de retazos, como un Arlequín en su elemento. Al principio durmió profundamente, pero, gradualmente, comenzó a dar vueltas y a agitarse en la cama, hasta que emergió a la superficie con sus cabellos en punta, los cuales parecían a punto de rasgar las sábanas en pedazos. Momento en el cual exclamó, con voz de profunda exasperación: