—Escucha entonces, Jacques —interpuso severamente el Número Uno de ese nombre—. Has de saber que se presentó una petición al Rey y a la Reina. Todos los aquí presentes, a excepción de ti, vieron al Rey tomarla, en su coche en la calle, sentado junto a la Reina. Es a Defarge a quien ves aquí, el cual, arriesgando su vida, se lanzó delante de los caballos con la petición en la mano.
—¡Y escucha una vez más, Jacques! —dijo el Número Tres, arrodillado: con los dedos recorriendo una y otra vez aquellos finos nervios, con un aire extraordinariamente codicioso, como si tuviera hambre de algo que no era ni comida ni bebida—; la guardia, a caballo y a pie, rodeó al peticionario y le propinó golpes. ¿Oyete?
—Les oigo, señores.
—Anda, pues —dijo Defarge.
—De nuevo; por otra parte, se cuchichea en la fuente —prosiguió el paisano—, que le han traído a nuestra región para ejecutarle allí mismo, y que será ejecutado con toda certeza. Incluso se cuchichea que, por haber matado a Monseigneur, y porque Monseigneur era el padre de sus arrendatarios —siervos, lo que queráis—, se le ejecutará como a un parricida.
Un viejo dice en la fuente que su mano derecha, armada con el cuchillo, será quemada ante su rostro; que en las heridas que le abrirán en los brazos, el pecho y las piernas se verterán aceite hirviendo, plomo derretido, resina caliente, cera y azufre; por último, que será descuartizado por cuatro robustos caballos. Ese viejo dice que todo eso se le hizo en verdad a un prisionero que atentó contra la vida del difunto rey, Luis Quince. Pero ¿qué sé yo si miente? No soy un hombre Letrado.
—¡Escucha una vez más entonces, Jacques! —dijo el hombre de la mano inquieta y aspecto ávido—. El nombre de aquel prisionero era Damiens,