favorables al prisionero, y el Presidente lo declaró libre.
Entonces comenzó una de esas escenas extraordinarias con las que la plebe gratificaba a veces su inconstancia, o sus mejores impulsos hacia la generosidad y la clemencia, o que consideraban como una compensación a su abultada cuenta de saña cruel.
Nadie puede decidir ahora a cuál de estos motivos debían atribuirse tales escenas extraordinarias; es probable que a una combinación de los tres, con el segundo predominando.
No bien se pronuncio la absolución, cuando se derramaron lágrimas tan libremente como en otro momento se derramaba sangre, y el prisionero recibió tales abrazos fraternales de cuantos, de ambos sexos, pudieron abalanzarse sobre él, que tras su prolongado e insalubre encierro corrió el peligro de desmayarse por el agotamiento; no en menor medida porque sabía muy bien que esa misma gente, arrastrada por otra corriente, se habría abalanzado sobre él con idéntica intensidad para hacerle trizas y esparcir sus restos por las calles.
Su traslado, para dejar sitio a otros acusados que iban a ser juzgados, lo libró de estas caricias por el momento. Cinco debían ser juzgados juntos a continuación, como enemigos de la República, por cuanto no la habían auxiliado de palabra ni de obra. Tan presto se apresuró el Tribunal a compensarse a sí mismo y a la nación por una oportunidad perdida, que estos cinco bajaron adonde él estaba antes de que abandonara el lugar, condenados a morir en veinticuatro horas. El primero de ellos se lo indicó, con la seña carcelaria habitual de la Muerte —un dedo levantado—, y todos añadieron de palabra: «¡Viva la República!».
Los cinco no habían tenido, es verdad, ningún público que alargara sus procedimientos, pues cuando él y el doctor Manette salieron por la puerta, había una gran multitud a su alrededor, en la que parecía estar cada rostro que él había visto en el tribunal, excepto dos, que buscó en