El tipo de interés con el que se contemplaba a este hombre y se le respiraba cerca, no era de los que ennoblecen a la humanidad. De haber estado en peligro de una sentencia menos horrible—de haber existido la posibilidad de que se le perdonara cualquiera de sus salvajes detalles—, en esa misma medida habría perdido su fascinación. La forma que iba a ser condenada a ser tan vergonzosamente destrozada era el espectáculo; la criatura inmortal que iba a ser masacrada y desgarrada de aquel modo, producía la sensación. Cualquiera que fuera el barniz con que los diversos espectadores disfrazaran ese interés, de acuerdo con sus diferentes artes y facultades de autoengaño, el interés era, en el fondo, ogresco.
¡Silencio en la sala!
Charles Darnay se había declarado ayer No Culpable de una acusación que lo denunciaba (con infinito tintineo y barullo) por ser un falso traidor a nuestro sereno, ilustre, excelente y etcétera, príncipe, nuestro Señor el Rey, debido a que había, en diversas ocasiones, y por diversos medios y modos, asistido a Luis, el Rey de Francia, en sus guerras contra nuestro dicho sereno, ilustre, excelente y etcétera; es decir, yendo y viniendo entre los dominios de nuestro dicho sereno, ilustre, excelente y etcétera, y los del mencionado Luis francés, y revelando inicua, falsa, traicioneramente y de otros modos con exceso de adverbios al dicho Luis francés qué fuerzas tenía en preparación nuestro dicho sereno, ilustre, excelente y etcétera para enviar al Canadá y a América del Norte.
Todo esto, Jerry, con la cabeza volviéndosele cada vez más puntiaguda a medida que los términos jurídicos la erizaban, lo dedujo con enorme satisfacción, y así llegó por rodeos a comprender que el antes dicho, y una y otra vez antes dicho, Charles Darnay, estaba allí ante él sometido a juicio; que el jurado estaba prestando juramento; y que el señor Fiscal General se disponía a hablar.