que había sido tan ignorante como ella de la responsabilidad de su padre y su tío en aquella desgracia, hasta que se leyó el documento. Ya le había explicado que mantenerle oculto el nombre al que había renunciado era la única condición —totalmente comprensible ahora— que su padre había impuesto a su compromiso, y era la única promesa que todavía le había exigido la mañana de su matrimonio.
La suplicó, por amor de su padre, que jamás tratara de saber si el padre de ella había olvidado la existencia del documento, o si este le había sido recordado (por un momento o para siempre), a raíz de la historia de la Torre, aquel viejo domingo bajo el querido y viejo plátano del jardín.
Si él conservaba algún recuerdo preciso del mismo, no cabía duda de que lo había creído destruido con la Bastilla, al no haber hallado mención alguna de él entre las reliquias de los prisioneros que la plebe había descubierto allí, y que habían sido descritas a todo el mundo.
Él le suplicó —aunque añadió que sabía que era innecesario— que consolara a su padre, haciéndole comprender por todos los medios tiernos que se le ocurrieran, con la verdad de que no había hecho nada por lo que pudiera reprocharse justamente a sí mismo, sino que se había olvidado constantemente de sí por el bien de ambos. Junto con la conservación de su último amor y bendición agradecidos, y la superación de su pesar para dedicarse a su querido hijo, le rogó encarecidamente, tal como esperaban encontrarse en el Cielo, que consolara a su padre.
Al propio padre de ella le escribió en el mismo tono; pero le encomendó expresamente a su esposa y a su hija bajo su cuidado. Y se lo dijo con gran énfasis, con la esperanza de sacarlo de cualquier desaliento o de cualquier mirada peligrosa al pasado hacia la cual prevía que pudiera estar inclinándose.
Al Sr. Lorry se los encomendó a todos, y le explicó sus asuntos mundanos. Hecho esto, con muchas frases añadidas de agradecida amistad y cálido afecto, todo estuvo hecho.