Un sonido terrible se alzó cuando la lectura de este documento concluyó.
Un sonido de codicia y avidez que no tenía nada de articulado, salvo la sangre.
La narración evocaba las pasiones más vengativas de la época, y no había cabeza en la nación que no hubiera debido rodar ante ella.
Poco hacía falta, en presencia de aquel tribunal y de aquel auditorio, demostrar cómo los Defarge no habían hecho público el documento, junto con los demás recuerdos capturados de la Bastilla que se llevaron en procesión, sino que lo habían guardado, esperando su momento.
Poco hacía falta demostrar que este aborrecido apellido había sido anatematizado durante mucho tiempo por Saint Antoine, y estaba inscrito en el registro fatal.
Jamás pisó la tierra un hombre cuyas virtudes y servicios lo hubieran sostenido en aquel lugar ese día, frente a semejante denuncia.
Y tanto peor para el hombre condenado, que el delator fuera un ciudadano conocido, su propio y fiel amigo, el padre de su esposa.
Una de las aspiraciones frenéticas del populacho era la imitación de las cuestionables virtudes públicas de la antigüedad, y los sacrificios y autoimmolaciones en el altar del pueblo.
Por tanto, cuando el Presidente dijo (de otro modo su propia cabeza habría temblado sobre sus hombros) que el buen médico de la República merecería aún más de la República al extirpar a una odiosa familia de aristócratas, y que sin duda sentiría un fervoroso y sagrado gozo al hacer viuda a su hija y huérfano a su nieto, estalló una emoción salvaje, un fervor patriótico, sin un ápice de simpatía humana.