El prisionero volvió a medir el espacio y aceleró el paso, para arrastrar su mente consigo fuera de aquella última repetición. > “Los fantasmas que se desvanecieron cuando la ventanilla se cerró. Había uno entre ellos, la aparición de una dama vestida de negro, que estaba recostada en el ajimez de una ventana, y tenía una luz brillando sobre su cabello dorado, y parecía… ¡Sigamos cabalgando, por el amor de Dios, a través de los pueblos iluminados con toda la gente despierta!… Hacía zapatos, hacía zapatos, hacía zapatos.… Cinco pasos por cuatro y medio”. Con tales fragmentos agitarse y ascender desde lo hondo de su mente, el prisionero caminaba cada vez más rápido, contando y contando con terquedad; y el rugido de la ciudad cambió en la medida en que seguía llegando como tambores sordos, pero con el lamento de voces que él conocía, en el oleaje que se alzaba por encima de
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I. En secreto
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