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nydus/A Tale of Two CitiesPublic
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VIII. Una partida de cartas

Barsad se reclinó en su silla y tartamudeó: «¿Qué quiere decir?».

—Quiero decir —dijo el señor Cruncher—, que él no estuvo nunca en eso. ¡No! ¡Él no! Que me corten la cabeza si alguna vez estuvo en eso.

El espía miró a su alrededor hacia los dos caballeros; ambos miraban a Jerry con un asombro indescriptible.

—Te digo —dijo Jerry—, que enterraste adoquines y tierra en ese maldito ataúd. No vengas a decirme que enterraste a Cly. Fue un timo. Yo y otros dos lo sabemos.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Y eso a usted qué le importa? ¡Córcholis! —gruñó el señor Cruncher—, es a usted a quien le tengo vieja tirria, ¿verdad?, ¡con sus vergonzosas imposiciones a los comerciantes! Le agarraría el cuello y la estrangularía por medio guinea.

Sydney Carton, que, junto con el señor Lorry, había contemplado con absoluto asombro este giro de los acontecimientos, rogó entonces al señor Cruncher que se moderara y se explicara.

—En otra ocasión, señor —contestó él, evasivamente—, el momento actual es inoportueno para dar explicaciones. A lo que yo me atengo es a que él sabe muy bien que el tal Cly nunca estuvo en ese ataúd. Que diga que lo estuvo, aunque sea con una palabra de una sola sílaba, y o bien le agarro del cuello y lo estrangulo por media guinea —el señor Cruncher recalcó esto como una oferta de lo más generosa—, o salgo a la luz y lo delato.

—¡Hum! Una cosa veo —dijo Carton—. Tengo otra carta en la mano, mister Barsad. ¡Imposible, aquí en el París enfurecido, con la Sospecha llenando el aire, que usted sobreviva a una denuncia, cuando está en comunicación con otro espía aristocrático de los mismos antecedentes

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