serena, y las manos quietas sobre la colcha. Ella puso su innecesaria vela en la sombra a cierta distancia, se acercó sigilosa a su cama y le puso los labios en los suyos; luego, se inclinó sobre él y lo miró.
En su hermoso rostro, las amargas aguas del cautiverio habían dejado huella; pero él ocultaba sus rastros con una determinación tan firme, que las dominaba incluso en sueños.
Un rostro más notable en su silenciosa, reseluta y cautelosa lucha contra un agresor invisible no se podía contemplar en todos los amplios dominios del sueño, aquella noche.
Tímidamente, apoyó su mano sobre el querido pecho de él, y elevó una plegaria pidiendo poder ser siempre tan fiel a él como su amor aspiraba a serlo, y como los pesares de él lo merecían.
Luego retiró la mano, besó sus labios una vez más y se marchó.
Así llegó la salida del sol, y las sombras de las hojas del plátano se movieron sobre su rostro tan suavemente como se habían movido los labios de ella al rezar por él.