El honrado comerciante
A los ojos del señor Jeremiah Cruncher, sentado en su taburete de Fleet-street con su macabro pilluelo al lado, se le presentaban cada día una gran cantidad y variedad de objetos en movimiento.
¿Quién podría sentarse en cualquier parte de Fleet-street durante las horas atareadas del día, y no verse aturdido y ensordecido por dos inmensas procesiones, una que siempre tendía hacia el oeste con el sol, la otra que siempre tendía hacia el este alejándose del sol, ambas tendiendo siempre hacia las llanuras más allá de la cordillera de rojo y púrpura donde el sol se pone!
Con la pajita en la boca, el señor Cruncher se sentó a observar las dos corrientes, como el rústico pagano que lleva varios siglos haciendo guardia junto a una sola corriente, con la salvedad de que Jerry no albergaba ninguna esperanza de que se secaran jamás. Ni habría sido una expectativa de carácter esperanzador, ya que una pequeña parte de sus ingresos provenía de guiar a mujeres tímidas (por lo general de complexión robusta y pasada la mediana edad) desde el lado de las mareas de Tellson hasta la orilla opuesta. Por muy breve que fuera dicha compañía en cada caso particular, el señor Cruncher jamás dejaba de interesarse tanto por la dama como para manifestar un vivo deseo de tener el honor de beber a su muy buena salud. Y de los donativos que se le otorgaban para la realización de este benévolo propósito era de donde reponía sus finanzas, tal como se acaba de señalar.
Hubo un tiempo en que un poeta se sentaba en un taburete en un lugar público y meditaba a la vista de los hombres.