Era más fácil para el señor Lorry mirar hacia adentro de Tellson que mirar hacia afuera de Tellson. Estuvo retenido dos horas.
Cuando regresó, subió solo la vieja escalera, sin hacerle ninguna pregunta al criado; entrando así en las habitaciones del Doctor, se vio detenido por un sordo sonido de golpes.
—¡Buen Dios! —dijo, dando un sobresalto—. ¿Qué es eso?
La señorita Pross, con el rostro aterrorizado, estaba junto a su oído. «¡Ay de mí, ay de mí! ¡Todo está perdido!», exclamaba ella, retorciéndose las manos. «¿Qué se le va a decir a la Mariquita? ¡No me conoce y está haciendo zapatos!».
Mr. Lorry hizo cuanto pudo para calmarla, y fue él mismo al cuarto del Doctor. El banco estaba vuelto hacia la luz, como lo había estado cuando antes había visto al zapatero en su labor, y tenía la cabeza inclinada y estaba muy ocupado.
—¡Doctor Manette! ¡Mi querido amigo, doctor Manette!
El Doctor lo miró por un momento—con una mezcla de interrogación y de enojo por haberle dirigido la palabra— y volvió a inclinarse sobre su trabajo.
Se había quitado la casaca y el chaleco; llevaba la camisa abierta por el cuello, como solía hacerlo cuando realizaba aquel trabajo; y hasta el viejo rostro demacrado y marchito había vuelto a aparecer en él. Trabajaba con ahínco—con impaciencia—, como con la sensación de haber sido interrumpido.
Mr. Lorry miró el trabajo que tenía en la mano y observó que era un zapato del viejo tamaño y forma. Tomó otro que estaba junto a él y preguntó qué era.