“Lucie Manette, única hija del doctor Manette, el buen médico que está sentado ahí”.
Esta respuesta produjo un efecto feliz en la audiencia. Gritos en exaltación del conocido y buen médico desgarraron la sala. De manera tan caprichosa se conmovió la gente, que las lágrimas rodaron inmediatamente por varios rostros feroces que habían estado fulminando al prisionero un momento antes, como con impaciencia por sacarlo a la calle y matarlo.
En estos pocos pasos de su peligroso camino, Charles Darnay había apoyado el pie de acuerdo con las reiteradas instrucciones del doctor Manette. El mismo consejo prudente dirigía cada paso que tenía por delante y había preparado cada pulgada de su ruta.
El Presidente preguntó por qué había regresado a Francia en ese momento, y no antes.
No había regresado antes, respondió, simplemente porque no tenía medios para vivir en Francia, salvo aquellos a los que había renunciado; mientras que, en Inglaterra, se ganaba la vida dando clases de lengua y literatura francesa.
Había regresado en el momento en que lo hizo, ante la insistente y escrita súplica de un ciudadano francés, quien le expuso que su vida corría peligro a causa de su ausencia. Había vuelto para salvar la vida de un ciudadano y para dar testimonio de la verdad, a cualquier riesgo personal.
¿Era aquello criminal a los ojos de la República?
La población gritó con entusiasmo: «¡No!», y el presidente hizo sonar su campanilla para calmarla. Lo cual no consiguió, pues continuaron gritando «¡No!» hasta que pararon, por su propia voluntad.
El Presidente exigió el nombre de aquel ciudadano. El acusado explicó que el ciudadano era su primer testigo. También se remitía con confianza