Enrolló su labor de punto al pronunciar esas palabras y, poco después, sacó la rosa del pañuelo que llevaba envuelto en la cabeza. O bien San Antonio tenía un sentido instintivo de que el objecionable adorno había desaparecido, o bien San Antonio acechaba su desaparición; el caso es que el Santo cobró ánimo para entrar perezosamente al poco rato, y la taberna recuperó su aspecto habitual.
Por la tarde, a esa hora en que San Antonio se ponía patas arriba y la gente se sentaba en los umbrales y en los alféizares de las ventanas, y acudía a las esquinas de las calles inmundas y a los patios en busca de un poco de aire, Madame Defarge, con su labor en las manos, solía ir de un lugar a otro y de un grupo a otro: una Misionera —había muchas como ella— como el mundo haría bien en no volver a criar jamás. Todas las mujeres hacían punto. Tejían cosas sin valor; pero aquel trabajo mecánico era un sustituto mecánico del comer y del beber; las manos se movían en lugar de las mandíbulas y del aparato digestivo: si los dedos huesudos hubieran estado quietos, los estómagos habrían sentido aún más los estragos del hambre.
Pero, a medida que se movían los dedos, se movían los ojos y los pensamientos. Y a medida que Madame Defarge avanzaba de grupo en grupo, los tres se hacían más rápidos y feroces en cada pequeño corro de mujeres con las que había hablado y a las que había dejado atrás.
Su marido fumaba en la puerta, mirándola con admiración.
—¡Una gran mujer —decía—, una mujer fuerte, una mujer imponente, espantosamente imponente!
La oscuridad se cerró a su alrededor, y luego vino el tañido de las campanas de las iglesias y el distante batir de los tambores militares en el patio del Palacio, mientras las mujeres se sentaban a hacer dos agujas, a hacer dos agujas.