En el primer susto y horror de su situación, la señorita Pross pasó junto al cuerpo lo más lejos que pudo y corrió escaleras abajo en busca de una ayuda infructuosa.
Por fortuna, a tiempo se detuvo y reculó, al caer en la cuenta de las consecuencias de lo que hacía. Era terrible volver a entrar por la puerta; pero entró, e incluso se acercó para coger el sombrero y las demás cosas que tenía que llevar puestas.
Se puso todo aquello en el rellano, tras cerrar la puerta con llave y llevársela. Luego se sentó en las escaleras unos instantes para respirar y llorar, y enseguida se levantó y se marchó apresuradamente.
Por buena fortuna llevaba un velo en el sombrero, o mal habría podido ir por las calles sin que la detuvieran.
Por buena fortuna también, era por naturaleza tan peculiar en su apariencia que no mostraba el desfiguramiento como cualquier otra mujer.
Necesitaba ambas ventajas, pues las marcas de unos dedos crispados se veían profundas en su rostro, y tenía el cabello desgreñado, y su vestido (compuesto a toda prisa con manos temblorosas) estaba estrujado y tironeado de mil maneras.
Al cruzar el puente, dejó caer la llave de la puerta al río. Al llegar a la catedral unos pocos minutos antes que su acompañante, y al esperar allí, pensó: ¿y si la llave ya hubiera sido atrapada en una red, y si fuera identificada, y si se abriera la puerta y se descubrieran los restos, y si la detuvieran en la puerta, la mandaran a prisión y la acusaran de asesinato!
En medio de estos pensamientos revoloteados, apareció el acompañante, la hizo entrar y se la llevó.
—¿Hay algún ruido en las calles? —le preguntó ella.