La felicidad de su propio hogar inglés elegido, la necesidad de estar siempre activamente ocupado, los rápidos cambios y problemas de la época que se habían sucedido tan deprisa que los acontecimientos de esta semana aniquilaban los inmaduros planes de la semana pasada, y los acontecimientos de la semana siguiente lo renovaban todo de nuevo; él sabía muy bien que a la fuerza de estas circunstancias había cedido: no sin inquietud, pero tampoco con una resistencia continua y acumulativa. Que había aguardado los tiempos en busca de un momento para la acción, y que estos habían cambiado y forcejeado hasta que el momento pasó, y la nobleza huía de Francia por cada camino principal y secundario, y sus propiedades estaban siendo confiscadas y destruidas, y hasta sus propios nombres estaban siendo borrados, era tan bien conocido por él como podía serlo por cualquier nueva autoridad en Francia que pudiera acusarle por ello.
Pero no había oprimido a ningún hombre, no había encarcelado a ningún hombre; estaba tan lejos de haber exigido con dureza el pago de lo que se le debía, que había renunciado a ello por propia voluntad, se había lanzado a un mundo sin favor alguno, se había ganado en él su propio lugar privado y se había ganado el pan. Monsieur Gabelle había administrado la empobrecida y enredada finca siguiendo instrucciones escritas, para perdonar a la gente, para darle lo pouco que había que dar —el combustible que los pesados acreedores les dejaban tener en invierno y los productos que se podían salvar de las