“¿Por qué estoy confinado a solas?”
“¡Cómo voy a saberlo!”
“¿Puedo comprar pluma, tinta y papel?”
—Tales no son mis órdenes. Se le visitará, y podrá preguntar entonces. Por el momento, puede comprar su comida, y nada más.
Había en la celda una silla, una mesa y un jergón de paja. Mientras el carcelero hacía una inspección general de estos objetos y de las cuatro paredes antes de salir, un pensamiento errante cruzó por la mente del prisionero, que estaba apoyado contra la pared de enfrente: que este carcelero estaba tan malsanamente hinchado, tanto de cara como de cuerpo, que parecía un hombre que se hubiera ahogado y estuviera lleno de agua.
Cuando el carcelero se hubo marchado, pensó del mismo modo divagante:
«Ahora me quedo como si estuviera muerto».
Deteniéndose entonces para mirar el jergón, se apartó de él con una sensación de náusea y pensó:
«Y aquí, en estos bichos que se arrastran, está la primera condición del cuerpo después de la muerte».
“Cinco pasos por cuatro y medio, cinco pasos por cuatro y medio, cinco pasos por cuatro y medio”. El prisionero iba y venía por su celda, midiéndola a pasos, y el rugido de la ciudad se alzaba como tambores sordos al que se sumaba un oleaje salvaje de voces. “Hacía zapatos, hacía zapatos, hacía zapatos”.