necesarias. Aunque la señorita Pross, por su larga asociación con una familia francesa, podría haber conocido tanto de su idioma como del suyo propio si hubiera tenido la menor intención, no tenía ninguna disposición en ese sentido; por consiguiente, no sabía más de aquella «tontería» (como le placía llamarla) que el señor Cruncher. Así pues, su forma de hacer las compras consistía en soltar un nombre sustantivo a quemarropa al comerciante, sin ninguna introducción en forma de artículo, y, si por casualidad no era el nombre de lo que quería, mirar a su alrededor en busca de ese objeto, agarrarlo y no soltarlo hasta que se concluía el trato. Siempre conseguía una rebaja alzando, como declaración de su justo precio, un dedo menos de los que levantara el mercader, cualquiera que fuera el número de este.
—Ahora, señor Cruncher —dijo la señorita Pross, cuyos ojos estaban rojos de felicidad—, si usted está listo, yo también.
Jerry declaró con voz ronca que estaba a la entera disposición de la señorita Pross. Hacía mucho tiempo que se le había caído todo el óxido, pero no había lima capaz de rebajar su cabeza erizada.
—Se necesitan toda clase de cosas —dijo la señorita Pross—, y vamos a pasar un rato precioso. Entre otras cosas, necesitamos vino. ¡Qué buenos brindis estarán tomando estos Cabezas Rojas, dondequiera que lo compremos!
—Viene a ser muy parecido para el caso que a usted le importa, señorita, me figuro —replicó Jerry—, que beban a su salud o a la del Maligno.
—¿Quién es él? —dijo la señorita Pross.