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nydus/A Tale of Two CitiesPublic
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XIII. Cincuenta y dos

“El camino está despejado, mi amor. Por ahora, no nos persiguen.”

Casas de dos y tres se van sucediendo a nuestro paso, granjas solitarias, edificios ruinosos, tintorerías, tenerías y cosas por el estilo, campo abierto, avenidas de árboles sin hojas. El empedrado duro y desigual está bajo nosotros, el barro blando y profundo a uno y otro lado. A veces, nos metemos en el barro de los márgenes para evitar las piedras que nos hacen traquetear y nos sacuden; a veces, nos quedamos atascados en las roderas y cenagales de allí. La agonía de nuestra impaciencia es entonces tan grande que, en nuestra alarma y prisa desatadas, nos dan ganas de bajarnos y correr, de escondernos, de hacer cualquier cosa antes que parar.

Fuera del campo abierto, de nuevo entre edificios ruinosos, granjas solitarias, tintorerías, tenerías y cosas por el estilo, casitas de dos en dos o de tres en tres, avenidas de árboles sin hojas.

¿Nos habrán engañado estos hombres y nos habrán llevado de vuelta por otro camino? ¿No es este el mismo lugar dos veces? Gracias al cielo, no. Un pueblo. ¡Mira atrás, mira atrás y comprueba si nos persiguen! ¡Silencio! La posta.

Pausadamente, sacan a nuestros cuatro caballos; pausadamente, el carruaje aguarda en la callejuela, desprovisto de caballos y sin visos de volver a moverse jamás; pausadamente, los nuevos caballos entran en visible existencia, uno a uno; pausadamente, los nuevos postillones aparecen, chupando y trenzando las fustas de sus látigos; pausadamente, los viejos postillones cuentan su dinero, suman mal y llegan a resultados insatisfactorios.

Todo el tiempo, nuestros corazones rebosantes laten a un ritmo que aventajaría con creces el galope más veloz de los caballos más veloces jamás paridos.

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