(92) Observaciones relativas a la hostilidad original de los niños hacia sus hermanos y uno de los progenitores se han hecho desde entonces en gran número y han quedado registradas en la literatura psicoanalítica. Con especial autenticidad y ingenuidad, el poeta Spitteler ha descrito esta actitud infantil típica de su primera infancia: «Por cierto, había un segundo Adolf. Una pequeña criatura de la que se afirmaba que era mi hermano, pero de la que yo no comprendía para qué servía; mucho menos por qué se hacía de él un ser tal como de mí mismo. Yo me bastaba para mis necesidades, ¿para qué necesitaba un hermano? Y no solo era inútil, sino a veces incluso un estorbo. Cuando yo molestaba a la abuela, él quería molestarla también; cuando me paseaban en cochecito, se sentaba enfrente y me quitaba la mitad del espacio, de modo que teníamos que chocarnos con los pies».
(93) Con las mismas palabras viste el pequeño Hans de 3½ años su crítica aniquiladora de su hermana (l. c.). Él supone que ella no puede hablar debido a la falta de dientes.