Grecia hacia la batalla, rango sucediendo a rango, cada jefe dando órdenes a sus propias tropas; los demás marchaban sin ruido: habríais pensado que ninguna voz había en los pechos de toda esa inmensa muchedumbre, tan silenciosamente todos obedecían a sus jefes, su vistosa armadura brillando mientras avanzaban en firme formación. Pero, así como el numeroso rebaño de algún hombre rico, mientras la blanca leche es ordeñada en su redil, oye el quejumbroso llamado de sus propios corderos y bala incesantemente: tales clamores del poderoso hueste troyano surgieron; ni el grito de guerra era uno, ni una la voz, sino palabras de lenguas mezcladas, pues habían sido llamados desde muy diversas regiones. A estos Marte animaba al combate; mas a aquellos la de ojos glaucos Palas. El Terror también estaba allí, y el Espanto, y la Discordia que enfurece implacable — hermana y compañera del hombre-matador Marte—, que se levanta pequeña al principio, pero crece, y alza su cabeza al cielo y camina sobre la tierra. Ella, avanzando a grandes zancadas entre la multitud y acrecentando el rencor mutuo, arrojó en medio la Contienda, fuente de desgracia para todos por igual.
Y ahora, al encontrarse los ejércitos en el campo, chocaron los escudos de piel de buey, y las lanzas, y el poder de los guerreros de broncíneas corazas; entonces resonaron los abollonados paveses, y el estrépito de la batalla fue grande; entonces surgieron los gritos y lamentos mezclados de los que mataban y de los que caían; la tierra se anegó en su sangre. Como cuando los arroyos invernales precipítanse por las laderas, y llenan, abajo, con sus rápidas aguas, vertidas de manantiales caudalosos, algún valle profundo, el pastor desde las alturas oye el lejano rugido —tal fue el estrépito mezclado que surgió de los grandes ejércitos al encontrarse.
Entonces Antíloco, avanzando el primero, derribó al campeón troyano Equépolo, hijo de Talisio, que luchaba en la vanguardia. Lo golpeó en el