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Libro XV. La quinta batalla junto a las naves

Los aqueos mantuvieron su posición en apretadas filas, y un agudo grito brotó de griegos y troyanos. Las flechas de la cuerda surcaron el aire, y las lanzas de manos valientes. Algunas atravesaron los pechos de jóvenes guerreros, pero más cayeron a mitad de camino antes de alcanzar su blanco y se hundieron en la tierra, hambrientas aún de su presa. Mientras Febo sostuvo inmóvil la égida, las armas alcanzaron e hirieron por igual a ambos ejércitos, y en ambos cayó la gente; mas siempre que el dios miraba cara a cara a los caballeros griegos, sacudía el orbe y lanzaba un potente grito, hacía que sus corazones desfallecieran en su pecho y su valor huía. Como cuando dos fieras en lo hondo de la noche, de repente, mientras su guarda está ausente, dispersan una vacada de bueyes o un rebaño de ovejas, así los desanimados griegos fueron puestos en fuga, pues Febo envió entre ellos el pánico y dio la victoria a Héctor y a los hombres de Troya.

Luego, al romperse las líneas, el hombre dio muerte al hombre. Primero cayó Estiquio a manos de Héctor, y enseguida Arcesilao; uno era jefe entre los beocios de broncíneas corazas, y el otro, fiel amigo del valiente Menesteo. Medón cayó ante Eneas, y con él murió Yaso. Medón era el hijo bastardo del gran Oileo, y Áyax era su hermano; vivía en Fílaca, desterrado, porque su mano había dado muerte al hermano de la esposa de su padre, la madrastra Eriopis, desposada hacía poco. Yaso había sido designado para mandar a los guerreros enviados desde Atenas, y afirmaba descender de Esfelo, hijo de Bucolo. Mecistes cayó ante Polidamante. Polites derribó a Equio en la primera línea, y Clonio murió a manos del gran Agenor; y Paris, cuando Deyoco se hubo vuelto para huir, entre los combatientes de vanguardia, lo hirió en el hombro por la espalda y clavó el arma de bronce a través de su corazón.

Luego, mientras los troyanos despojaban a los muertos, los griegos huyeron en todas direcciones, y cayendo en su huida al foso y sobre las

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