había sido asesinado. Ante la multitud, uno afirmaba haber pagado la multa, y otro negaba que se hubiera recibido algo, y ambos pedían la sentencia que pusiera fin a la disputa. El pueblo vociferaba por ambos bandos, pues ambos tenían amigos entusiastas; los heraldos mantenían a raya a la multitud; los ancianos, sobre piedras pulidas, se sentaban en un círculo sagrado. Cada uno tomaba, por turno, el cetro de un heraldo en su mano y, poniéndose de pie, emita su sentencia. En medio yacían dos talentos en oro, para ser el premio de aquel cuyo juicio más justo prevaleciera.
En torno a la otra ciudad sentados había dos ejércitos con relucientes armas, empeñados en arrasarla, a menos que los habitantes dividieran su riqueza —todo cuanto sus agradables hogares contenían— y cedieran la mitad a los atacantes. Aún los ciudadanos no habían accedido, sino que en secreto habían planeado una emboscada. Sus amadas esposas entretanto, y sus tiernos hijos, vigilaban las murallas, junto con ancianos, mientras los jóvenes marchaban, con Marte y Palas a la cabeza, ambos labrados en oro, con vestiduras de oro, majestuosos y de gran estatura, y sobre todos destacando, con brillantes armaduras, como correspondía a los dioses; los demás eran de tamaño más humilde. Y