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Libro I. La disputa entre Aquiles y Agamenón

«¿Por qué vienes aquí, hija del dios que porta la égida? ¿Estás aquí para presenciar la insolencia de Agamenón, hijo de Atreo? Déjame decirte lo que creo que será el desenlace. Ese hombre puede perder la vida, y pronto además, por una arrogancia tal».

Entonces habló así la diosa, Palas de ojos zarcos:⁠—

«Vine del cielo para apaciguar tu ira, si quieres prestar atención a mi consejo. Soy enviada por Juno la de blancos brazos, a quienes ambos sois caros, que siempre vela por los dos. Abstente de la violencia; que tu mano no desenvaine la espada, sino profiere con tu lengua reproches, según la ocasión se presente, pues declaro lo que el tiempo hará realidad; el triple de resarcimiento te será ofrecido aún, en dones de princio costo, por el ultraje de hoy. Calma ahora tu espíritu airado y obedece».

Aquiles, el de los pies ligeros, respondió de este modo:⁠—

“¡Oh diosa!, obedecida será tu palabra, por más furiosa que sea mi ira; pues a quien escucha a los dioses, los dioses prestan oído.”

Así habló, y apoyó su fuerte mano derecha en el plateado puño, y de nuevo metió su buena espada en la vaina, obedeciendo. Ella, entretanto, regresó al cielo, donde habita el, que lleva la égida, Júpiter, con los demás dioses. Y ahora otra vez el Pelida, con palabras injuriosas, habló al hijo de Atreo, dando así rienda suelta a su ira:⁠—

“¡Borracho, con frente de perro y corazón de ciervo! Jamás has osado armarte para la batalla con los demás, ni unirte a los jefes dispuestos a tender una emboscada; tal es tu cobarde miedo a la muerte. Más te conviene, en medio del poderoso ejército de los griegos, arrebatarle el

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