Y allí el artista esculpió una manada de bueyes, de altos cuernos, cincelada toda en oro y estaño.
Salían mugiendo de sus establos en busca de su pasto, junto a un arroyo susurrante, que corría rápidamente entre sus juncos.
Cuatro pastores, grabados en oro, iban con los bueyes, y nueve ágiles perros los seguían.
Dos leones, atrapando a un toro entre el ganado de adelante, se lo llevaron mugiendo temerosamente; sabuesos y pastores acudieron a rescatarlo.
Los leones desgarraron a su presa, y lamieron las entrañas y la sangre carmesí.
En vano los pastores se apretaban alrededor e incitaban a sus perros, que rehuían hincar los dientes en los leones, mas se detenían cerca y ladraban.
Allí también grabó el ilustre Vulcano un bello y amplio pasto, en un ameno claro, lleno de blancas ovejas, y establos, y cabañas, y muchos rediles de pastor con techo protector.
Y allí también el