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Libro XVIII

Y allí el artista esculpió una manada de bueyes, de altos cuernos, cincelada toda en oro y estaño.

Salían mugiendo de sus establos en busca de su pasto, junto a un arroyo susurrante, que corría rápidamente entre sus juncos.

Cuatro pastores, grabados en oro, iban con los bueyes, y nueve ágiles perros los seguían.

Dos leones, atrapando a un toro entre el ganado de adelante, se lo llevaron mugiendo temerosamente; sabuesos y pastores acudieron a rescatarlo.

Los leones desgarraron a su presa, y lamieron las entrañas y la sangre carmesí.

En vano los pastores se apretaban alrededor e incitaban a sus perros, que rehuían hincar los dientes en los leones, mas se detenían cerca y ladraban.

Allí también grabó el ilustre Vulcano un bello y amplio pasto, en un ameno claro, lleno de blancas ovejas, y establos, y cabañas, y muchos rediles de pastor con techo protector.

Y allí también el

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